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Tecnología y música

Pensar las distintas brechas

Pensar las distintas brechas
Fecha: 02/07/2010
Autor: Área de las Personas Adultas Mayores

Coriún Aharonián nació en 1940 en Montevideo. Es compositor, musicólogo y docente. Desarrolla desde hace más de cuatro décadas una intensa labor de crítica cultural. En el terreno creativo ha generado parte de su trabajo con distintas tecnologías electrónicas aplicables a la composición musical. Forma parte de la generación pionera de compositores de música electroacústica en el Río de la Plata, quienes crearon espacios colectivos de difusión y reflexión sobre tecnologías y arte. Señaló, en diálogo con Inmayores, la importancia del aspecto ideológico de la tecnología. Y planteó la obligación que el Estado tiene con los creadores de hacer accesibles algunas tecnologías de costo elevado.

-¿Cómo ve a lo largo de su vida la relación entre uso de tecnologías y generaciones?
-Me ha tocado vivir distintas situaciones. Obviamente, en la niñez y en la adolescencia hay una facilidad especial para estar lidiando con las novedades que se produzcan. Y es normal que, ya después de cierta etapa de la juventud, se produzca una mayor resistencia a las innovaciones tecnológicas, o a los cambios en lo tecnológico. Todo papá, por más que tenga sólo veinticinco años, queda sorprendido de que su nene maneje los aparatos con más facilidad que él. No hay necesidad de llegar a los cuarenta y cinco o a los sesenta y cinco para descubrir que alguien que viene atrás se las arregla con más naturalidad que uno con una innovación tecnológica. Ahora bien, es cierto que hay momentos en que se producen algunas aceleraciones y, concomitantemente, algunas situaciones de mayor resistencia. Yo recuerdo que la generación que me precedía en los sesenta, la generación nacida en los veinte, tenía mucho mayor resistencia que nosotros. Y a nosotros nos resultaba graciosa esa resistencia. Pero eso no era sólo aquí: en los centros tecnológicos de avanzada, en el primer mundo, ocurría lo mismo. Ya desde los reglamentos, para manejar determinado tipo de aparatos, se establecía la obligación de tener un asistente técnico. En París o en Berlín, para componer música electroacústica, el artista no podía tocar los aparatos porque eso era responsabilidad del técnico. Evidentemente quienes habían hecho el reglamento en ese momento no habían entendido que era mucho mejor que el artista estuviera manejando todos los aspectos de la tecnología que necesitaba y no tener un intermediario que, por otra parte, irrumpía en la intimidad del acto creativo.
Yo nazco en pleno reinado del disco de gomalaca de 78 revoluciones por minuto. En mi adolescencia se produce la eclosión del disco de vinilo de 45 y de 33 rpm. Casi al mismo tiempo, irrumpe la tecnología de cinta magnética (con sus etapas de carrete abierto y de casete), tecnología que va haciendo accesible el grabar sonido para el hombre común, y manipularlo, lo cual abre un espacio para la labor del artista creador. Y aparecen los sintetizadores, que me permiten construir sonido a partir de un circuito electrónico. Luego, repentinamente, el disco láser (o CD). Y entretanto, la computadora personal, que abarata abismalmente la posibilidad de manipular sonido a través de la tecnología informática. Todas y cada una de esas etapas producen desacomodos y reacomodos, entusiasmos y broncas. Y resistencia en quienes se habían acostumbrando a la etapa anterior y se sentían cómodos en ella.
No creo que hoy día estemos en un momento ni mejor ni peor que otro. Simplemente, hay momentos de aceleraciones y momentos de bolsones de resistencia, que son naturales. Si a Juan Pérez le galopan las novedades en cinco años, obviamente se le produce una especie de callosidad de resistencia. Pienso que eso es lo que está pasando con ciertos cambios en los últimos muy pocos años en materia de comunicación. Solamente con la irrupción del celular y la manera de usarlo, aparece una variedad de cosas que pueden provocar resistencia. Yo mismo estoy entre quienes se resisten al celular, pero no por el agregado tecnológico sino porque entiendo que está distorsionando innecesariamente ciertos aspectos de la convivencia. Es una zanahoria puesta adelante, un "mirá, mirá qué lindo esto"; pero ocurre que yo no lo necesito. La pregunta de ustedes tiene ese otro aspecto. Ahí se plantearía una interesante discusión sobre en qué medida alguna resistencia no puede estar motivada por la visión con cierta distancia, con cierta perspectiva de "bueno, y esto, ¿para qué lo necesito?" Porque esté de moda o porque quede chic yo no tengo porqué subirme a ese caballo también. A veces uno puede estar prescindiendo de cosas tecnológicas que tienen cien años de existencia y a uno simplemente no le sirven o no le interesan. Yo no tengo auto ni pienso tener auto en lo que me quede de vida, pero es una opción de vida, no es porque no me subí a la tecnología del auto. Simplemente no quiero tener auto, entre otras razones porque para mí significa simbólicamente una cantidad de otras cosas. No necesito tener un auto personal. Hay toda una serie de matices que creo que sería interesante tener en cuenta cuando se presenta la temática.

-¿Cómo relaciona el uso tecnológico y su accesibilidad con la creación o con la libertad creativa?
-Ahí entramos en un terreno lindo. La respuesta depende de la definición de libertad de la que yo parta. En principio, yo entiendo que la libertad es una cosa operativa, es decir: es un ejercicio de. Por tanto, siempre funciona en relación con limitaciones. Es el tomar conciencia de los límites que se le imponen a uno de distintos modos, a través de los usos de la sociedad, a través de imposibilidades financieras, a través de lo que sea, y ejercer la libertad dentro de esos límites, el maravilloso riesgo de asumir la libertad. Eso para mí es realmente el ejercicio de la libertad. Hay muchas definiciones formuladas de forma más linda. Por ejemplo la de Jean-Paul Sartre, que dice que cada quien es siempre responsable de lo que los demás han hecho de él. "Yo creo que un hombre siempre puede hacer algo de lo que se ha hecho de él", dice. Y agrega: "Es la definición que daría yo hoy de la libertad". Hay otras ilustres definiciones. "Libertad significa responsabilidad; por eso tantos hombres le temen", dice Bernard Shaw. Creo que aunque la tecnología sea mínima, yo tengo limitaciones, e incluso limitaciones por aquello que querría tener y no tengo. En ese sentido, el apoderarse operativamente de las limitaciones que pueda plantearle a uno la tecnología actual es una ampliación de los problemas que se le plantean a cualquier ser humano que intente hacer algo creativo en cualquier etapa tecnológica, con las limitaciones propias de esa etapa. Las externas, y las internas también. Si yo quiero componer algo con flauta y la flauta no me da esas notas que yo quiero poner, obviamente hay algo que no funciona en mi opción de libertad o en mi comprensión de la libertad compositiva. La flauta no me va a poder tocar determinados sonidos; por tanto, o yo tengo que cambiar las notas que mi capricho creativo quería poner ahí, o tengo que cambiar de instrumento. No tengo derecho a llorar porque sea prisionero de las limitaciones tecnológicas; el problema es mío. Es el problema del creador frente a las condiciones en las que está creando, sean las que sean. Y eso se aplica a cualquier ámbito tecnológico. En todos los casos hay un asunto de qué hago yo con lo que tengo planteado y con los límites dentro de los que puedo moverme y con los límites que yo podría estirar, o podría pelear, o podría romper, y qué hago yo para, de eso, generar un acto creativo. Siempre voy a tener algún que otro límite; el aprender a ejercitar la libertad consiste en trabajar con esos límites y en llevarlos a otro terreno.

-Llega un momento en que el creador dice para qué más.
-O para qué eso. Hay otro aspecto importante: la tecnología, siempre, es portadora de ideología. Y acá sí hay un aspecto importante vinculado a la pregunta sobre la libertad. Todo dispositivo tecnológico, toda tecnología, conlleva ideología. Ahí, estoy dialogando con esa tecnología y, o esa ideología me come, o yo establezco un punto de equilibrio con esa ideología. Ése es otro de los aspectos fundamentales del ejercicio de la libertad en relación con la tecnología, se trate de un silbato o se trate de una computadora. El silbato y la computadora tienen ideología. Yo tengo que dialogar con ellos para que el resultado artístico sea el que yo quiero y no el que me impone la ideología de quien hizo ese dispositivo, o la de la sociedad que lo produjo.

-¿El acceso a la tecnología para la creación artística en las colonias, difiere de la de los centros de poder? Y de ser así, en relación al arte, ¿cómo evoluciona la brecha tecnológica entre primer y tercer mundo?
-Bueno, eso es una cosa más complicada. En esta etapa tecnológica, en algunas cosas no es mucho más rápido el acceso de una persona en el primer mundo a ciertos recursos tecnológicos que el de una persona en el tercer mundo. De hecho, por ejemplo, las conexiones a correo electrónico eran proporcionalmente mucho mayores en el Uruguay que en Francia o Alemania cuando empezó el correo electrónico. Y pasaban años y allá había una resistencia mucho mayor que aquí. Es decir que no por estar ellos en el primer mundo tenían una mayor conectividad, o una mayor predisposición a entrar en esa etapa tecnológica. Incluso, una vez que entraron, les cambió - más que a nosotros, creo - una serie de reglas de juego: no saber cómo hacer con la planificación de plazos temporales, por ejemplo, en relación con el cambio de procedimientos que implicaba el correo electrónico en sustitución del correo físico. Obviamente la brecha sí se da por otro lado que es necesario, sí y sí, diferenciar en estas etapas. De pronto la maquinita puede llegar al mismo tiempo al cuarto mundo que al primero. El problema es la brecha social. No es ya solamente un problema geográfico, sino que es un problema de clase y de otras cosas que habría que analizar en forma mucho más cuidadosa. En principio uno puede hacerse la ilusión de "qué bárbaro, qué bárbaro, esto democratizó". Se repite mil veces eso de la democratización, lo cual sabemos que es en buena medida un cuento chino. Pero sabemos que es así cuando estamos en el propio terreno. Para un análisis de esta problemática se necesitan instrumentos de otro tipo que los que se usan habitualmente. Un análisis cuantitativo de cuántas maquinitas hay en el país no sirve para determinar qué implica eso en cuanto a mayor democratización o menor democratización. Esto rige también para los artistas creadores. En el primer mundo, y en países del tercer mundo que tienen políticas culturales un poco más inteligentes que nosotros, el artista puede llegar a disponer de apoyo financiero para ciertos recursos tecnológicos que implican dinero, lo cual en nuestro país es todavía inimaginable. ¿Por qué? Porque el Estado no termina de tomar conciencia de que el apoyo a la cultura es, políticamente, fundamental para - justamente - la libertad del país. No hay instituciones privadas que asuman ese papel, como puede haberlas en el primer mundo (aunque no tanto como uno cree desde el tercer mundo). Es fundamentalmente el Estado el que toma a su cargo el apoyo de aspectos que son onerosos y que aquí quedan fuera del alcance del artista común y corriente porque significan emprendimientos económicos muy grandes. Para explicarlo en cosas sencillas y con tecnología vieja: en tanto compositor de música culta del Uruguay, yo prácticamente no tengo posibilidad de escuchar una obra sinfónica mía tocada en mi país. Y cuando la tengo, la obra queda destrozada por malas condiciones de ensayo y de ejecución. La orquesta se paga, la paga el pueblo, pero no sirve a los fines de la cultura del país. En realidad, no se sabe bien a qué fines sirve. Allí se plantea la verdadera brecha tecnológica entre yo, compositor del tercer mundo, y el colega mío del primer mundo, para quien el Estado entiende que esa orquesta está a su servicio y al de sus colegas, y que tiene la obligación de tocar lo que se produce en el país. La obligación moral, no reglamentaria, de que se refleje esa producción en la institución "orquesta". Las orquestas tienen una obligación implícita de reflejar lo que ese país produce. Nosotros, en cambio, sentimos la obligación de que esas orquestas reflejen sólo lo que Europa produjo en un pasado remotísimo (y temporalmente muy breve: desde fines del siglo XVIII hasta fines del siglo XIX), y ello no muy bien. Ahí hay un ejemplo clarísimo de la problemática de la brecha tecnológica, planteada en cómo se da la relación entre primero y tercer mundo. Y no es en la cantidad de violines que puede haber o en el acceso a los violines, que es otra cosa.

 

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