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Inmayores conversó con Margarita Percovich en el mes de las mujeres

Derribando las barreras invisibles

Primer plano de Margarita Percovich
Fecha: 27/03/2015
Autor: INMAYORES

Margarita Percovich tiene 74 años y un largo historial de lucha. Fue parlamentaria y es reconocida como la decana de las legisladoras feministas. Hoy continúa su trabajo por los derechos de las personas en otras organizaciones de las que participa activamente. Inmayores conversó con Margarita sobre aquellos primeros años de lucha y sobre lo que queda por conquistar.


-¿Qué representa la instalación de un mes de las mujeres en Uruguay?
Es para llamar la atención de los medios de comunicación sobre cuáles son los temas, y fundamentalmente los problemas, que expresan la discriminación basada en género. Hablar de esa discriminación suele ser algo muy teórico para la gente, y en general también para los medios. Entonces el hecho de que muchas organizaciones que tienen distintas especialidades puedan expresarse, tener visibilidad, hacer actividades y sean requeridas por los comunicadores, es un tema bien importante. Y también es el mes que aprovechan las institucionalidades para rendir cuentas de los avances, en ir limando inequidades.

-En cuanto a limar inequidades y rendir cuentas de lo avanzado, ¿cómo ha sido la lucha por los derechos de las mujeres en nuestro país?
En Uruguay tenemos una ventaja y es que las mujeres salimos en el proceso de recuperación democrática juntas. Las mujeres de todos los partidos políticos, con las mujeres de las organizaciones sociales, las académicas y las que luego estarían en la institucionalidad que no existía todavía pero que estábamos reclamando. Todas hicimos un diagnóstico, entonces esa agenda la fuimos manteniendo alimentada en conjunto, gobernara quien gobernara. Esa fue la ventaja.

En 1984, cuando empieza el proceso de recuperación democrática, las mujeres de todos los partidos políticos decidimos empezar a hacer marchas y nos juntábamos en el único local que estaba habilitado, el de los textiles. Allí las mujeres textiles nos reunían a las que éramos militantes políticas para discutir qué íbamos a poner en la plataforma, cómo íbamos a hacer la marcha para que no nos llevaran presas, etcétera. En ese momento es donde aparecen las discusiones con el Grupo de Estudios sobre la Condición de la Mujer en el Uruguay (GRECMU), que eran las académicas universitarias que se mantenían en contacto con el mundo. Ellas sabían de la década de la mujer de las Naciones Unidas, algo que las demás no teníamos ni idea. No sabíamos lo que estaba pasando en el resto del mundo porque se recibía poca información y no teníamos los medios que tenemos ahora. Ellas venían trabajando, haciendo diagnósticos y habían creado ese centro de estudios -como habían hecho otros universitarios porque en dictadura no se dejaba funcionar la Universidad-. Fueron quienes nos trajeron las reivindicaciones propias que teníamos que tener como mujeres. Y fue ahí que algunas empezamos a descubrir lo que era la discriminación y a unirla con nuestro marco ideológico, que la injusticia de un proyecto de desarrollo estaba basado en otras formas de subordinación que no eran solamente las de clase. Hicimos la marcha en enero de 1984
e hicimos la plataforma. Al igual que todas las plataformas masculinas pedíamos la libertad de los presos políticos, la restitución de todas las instituciones democráticas. Pero a algunas nos quedó aquello del género picando.

En ese momento, las mujeres de GRECMU estaban sacando una revista -histórica para nosotras ahora- que se llamaba La Cacerola. ¡Era maravillosa! Ellas eran investigadoras, mujeres de izquierda, que en nuestro contexto fue todo un descubrimiento. Decidimos formar la primera organización específica de mujeres que fue el Plenario de Mujeres del Uruguay (PLEMUU). Y empezamos a pensar que si los hombres estaban poniéndose de acuerdo en nuestros partidos políticos para hacer una plataforma común para el que ganara las elecciones de 1984, las mujeres teníamos que pedir un espacio porque teníamos muchas reivindicaciones para plantear para la futura democracia. Delegadas de todos los partidos fuimos a pedir formalmente para crear ese espacio de la Concertación Programática de Mujeres. Por supuesto, nuestros dirigentes nos dijeron todos que no, que ese tema en el Uruguay no existía, que qué ridiculez. No hicimos caso y nos fuimos todas a la Asociación de Bancarios del Uruguay (AEBU) e hicimos encuentros donde definimos los temas que íbamos a reivindicar, cómo los íbamos a meter en las demandas de la Concertación. Por ejemplo, el tema de la educación de la perspectiva de género y así sucesivamente en varios los temas.

Cuando finalmente gana Julio María Sanguinetti se crea la Secretaría de la Mujer en el Ministerio de Educación y Cultura, a cargo de la única ministra que hubo mujer en ese momento: la Dra. Adela Reta. Se crearon también, en los primeros períodos democráticos, otras organizaciones de mujeres ya más especializadas en el tema violencia, que nosotras al principio decíamos que en el Uruguay no existía... Pero cuando empezamos a ir a los barrios a trabajar con los grupos de mujeres, fue como destapar una olla de la que no habíamos tenido conciencia. Entonces se crearon grupos que eran más específicos en el tema de la violencia de género, siempre apoyándonos con las académicas universitarias. Nosotras sabíamos que para convencer a los hombres teníamos que tener datos. Entonces ellas buscaban esos datos y trataban de financiarse y de presionar.

-¿Quiénes eran estas investigadoras?
En ese momento estaba viva Nea Filgueira que era la encargada del GRECMU. También estaba Graciela Sapriza, Silvia Rodríguez Villamil -que es una estupenda investigadora que acompañó a José Pedro Barrán, junto a otros investigadores, en el libro Historias de la vida privada del Uruguay-. Mercedes Sayagués, que escribía La Cacerola, y Susana Rostagnol que era una gurisa pero ya participaba. Algunas eran comunistas y daban las batallas dentro de los Congresos del Partido Comunista señalándoles las contradicciones. Había que estar en ese lugar. Las publicaciones del Partido Comunista con las fundamentaciones de ellas eran un placer para nosotras las de izquierda, que teníamos formación marxista pero más independiente.

-Así que estas mujeres se congregaban poniendo a disposición sus mejores capacidades intelectuales y técnicas y desde la lucha en conjunto empezaron a trabajar el tema de forma más orgánica.
Exactamente, ¡con datos! Pero teníamos una tensión: las que éramos militantes políticas queríamos llevar el tema a los programas de nuestros partidos y empezamos a dar las batallas en el sistema político, fue brutal porque nos destrozaban. Los varones decían “¡estamos recuperando la democracia y ustedes nos vienen con esos temas!” Obviamente para ellos eran absolutamente secundarios. No entendían el click de encarar un proyecto de desarrollo con ese brutal desajuste que implica no pensar en las barreras invisibles, dejando fuera nada menos que la mitad de la población. La confianza entre las mujeres de los distintos partidos políticos se mantuvo, y mucho después, cada una desarrolló su carrera política asumiendo distintas responsabilidades institucionales.

Cuando acepto ser edila, en el primer gobierno del Frente Amplio en Montevideo, ya venía con ese andamiaje. Tratábamos de crear la Secretaría de la Mujer en la Intendencia para que se trabajara más orgánicamente. Empezamos los trabajos con las mujeres en los barrios haciendo talleres para que todos aquellos problemas que habíamos captado desde la organización social pudiéramos darle respuesta, que las mujeres fueran conscientes de sus derechos y los reclamaran en los ámbitos donde ellas estaban. Ahí empezó un trabajo lindísimo, tanto a nivel de Montevideo como a nivel nacional, porque teníamos los espacios de los Congresos de Ediles donde trabajábamos juntas con base en mi despacho en la Junta Departamental, que me daba la infraestructura institucional necesaria. Fue donde empezamos a pelear, por ejemplo, el tema de la introducción del PAP (Prueba de Papanicolau) en el carné de salud. Peleábamos lo que podíamos y logramos una movida impresionante las edilas, porque empezamos a conectarnos y trabajar juntas como legisladoras departamentales pero sobre las institucionalidades nacionales.

Cuando muchas de nosotras llegamos a ser parlamentarias, no nos costó nada conectarnos con esas mujeres que nos conocían y pelear para que saliera la Ley Nº 17.514 de Violencia Doméstica de 2002. Esa ley salió porque las mujeres de los barrios venían y presionaban a los legisladores. No es lo mismo para los políticos ver las barras llenas en el Parlamento, eso genera presión. Se fue consolidando un conocimiento que permitió tener una estrategia de muchos años de trabajo para ir fortaleciendo espacios que influyeran a los dirigentes.

Luego cuando me fui del Parlamento, armé una asociación civil y logramos con el apoyo de ONU Mujeres trabajar para reforzar esa red de mujeres políticas. Porque si tú no tenés interlocutoras en los ámbitos de decisión, por más que peleen las organizaciones sociales, no alcanza. Como resultado hoy hay comisiones de mujeres en todos los partidos políticos.

Ahora estamos trabajando en otro proyecto para que las organizaciones sociales, que son débiles, trabajen más conectadas con las mujeres políticas, que es de lo más difícil. En primer lugar, a mi entender, hay preconceptos y falta de formación política en muchas mujeres, principalmente en el interior del país. Poder recepcionar las demandas de la población fortalece una carrera política. Por parte de las organizaciones sociales hay un prejuicio hacia las mujeres políticas de “nunca hacés nada por nosotras”. Entonces hay un diálogo cortado que cuesta mucho recomponer. También hay debilidad de las organizaciones sociales de conocer las dificultades que se dan al querer cambiar un Estado, desde una perspectiva cultural. Es muy difícil y es muy lento. Además, a veces, las mujeres que quieren afrontar los cambios se sienten muy solas, porque son muchas las barreras para deconstruir rutinas. Pero creo que se ha avanzado muchísimo. Para quienes hemos pasado por el Parlamento atentas a las demandas de las organizaciones sociales, hemos podido concretar cosas, con argumentos. Siempre pidiendo apoyos técnicos para fundamentar los proyectos de ley, o mejorar algunos.

-En referencia a esos obstáculos que enfrenta actualmente la sociedad para el pleno desarrollo de los derechos de las mujeres, y saliendo un poco del ámbito político, ¿cuáles creés que sean los obstáculos mayores en la vida privada de las personas?
Creo que hay un problema cultural grande de un país que es muy conservador. Tenemos esa característica: no nos gustan los cambios demasiado rápidos. Tiene algunas cosas a favor, y otras en contra. Me parece que se han entendido algunos aspectos de la necesidad de aceptar nuevas formas, costumbres y perspectivas de la sociedad, pero hay obstáculos distintos acorde a los sectores de población. En los sectores más educados suele ser más fácil la aceptación de los cambios que se proponen. Las nuevas generaciones vienen practicando otras formas de vida y algunas cosas se han aceptado. Pero los aspectos más conservadores de una cultura suelen estar mucho más arraigados en los sectores menos educados, con menos posibilidades de reflexionar sobre sus propios problemas.

Lo que las feministas llamamos el patriarcado que es esa construcción económica, social y cultural está muy cómodo porque está apoyado en esas bases que son invisibles. Las mujeres somos históricamente el sostén de los cuidados. Cuando ves la lucha por el Sistema de Cuidados notás que las mujeres somos una masa enorme de mano de obra gratis para un sistema que lo necesita, porque repartir con justicia los cuidados implica una revolución. Y eso es complejo. Todo el sistema de medios de comunicación, desde las distintas instituciones, mantiene esa división de roles de lo que a las mujeres les toca, esa construcción de la femineidad y también de la virilidad. De otra manera una no podría entender cómo es que se siguen haciendo muñecas rosadas para las niñas, y se siguen haciendo, ¿y por qué las hacen? Porque hay que mantener una tradición cultural que va totalmente en contra de lo que hoy hacen las mujeres. Hay intereses culturales, pero fundamentalmente económicos, para que se mantenga esa situación. Si a eso se agrega que es muy difícil cambiar las cabezas de quienes tienen que empujar -que son los dirigentes políticos, que son hombres-, con las pocas mujeres que hay en ámbitos de decisión te das cuenta que están muy solas para batallar por todo eso.

Las barreras son muy grandes para aplicar un cambio. Te encontrás con barreras de todo tipo en las instituciones que hace muchos años funcionan de una forma determinada que les es difícil pensar en cosas tan complejas como las barreras culturales o las violencias institucionales. La falta de acceso a la información y las barreras actitudinales son obstáculos para los sectores más vulnerables. Eliminarlos es el gran desafío de la reforma del Estado. Hay que cuidar que los derechos que fueron plasmados en una política pública, en una ley, les lleguen realmente a los sectores a los que están dirigidos. ¿Cómo se garantiza un derecho? No es fácil porque son muchas las etapas en las que hay que producir cambios. Tiene que haber una voluntad política muy fuerte de quien decide para que se controle cómo se hizo, cuáles son los resultados y cuáles los impactos.

-Sobre el Sistema Nacional Integrado de Cuidados (SNIC) al que has estado muy cercana desde la demanda de ese sistema y ahora también con su implementación, ¿cuáles te parece que son los avances que representa, en particular, para las mujeres viejas?
El gran avance es que esto se haya introducido en las lógicas de gobierno. Esa es la batalla que dimos desde cuando estábamos en la Junta con las académicas que estudiaban el tema. Ya lo habíamos puesto en la Concertación Programática de que el Estado tenía que hacerse cargo algún día de los cuidados, no podían ser solo las mujeres haciéndose cargo de todo esto. Logramos introducir en la discusión de una nueva matriz de protección social en el 2007 el tema cuidados. Se plasmó en un programa de gobierno. Hubo que estudiar cómo hacerlo y ahora está la responsabilidad de aplicarlo.

Con relación a la implementación del SNIC, en particular lo que refiere a los y las adultas mayores, me parece que quizá sea la mayor emergencia que tenemos. El envejecimiento del Uruguay, que hace tiempo se veía venir sin políticas sociales integrales, dieron como resultado que el mercado se ocupara mayormente del tema de los cuidados. Es de suma importancia tener un Ministerio de Desarrollo Social creado para coordinar las políticas sociales. Había una dispersión de políticas en torno a los adultos mayores a las que Inmayores hoy viene a dar respuesta. Y hay que pensar que somos mucho más las adultas mayores que los varones mayores, de ahí la importancia del tema género en relación a la vejez, y la importancia de un SNIC.

-Desde tu perspectiva de mujer política y persona mayor, ¿qué desafíos afronta una nueva institucionalidad que responde a “nuevos” sujetos de derecho?
Creo que uno de los mayores problemas que tenemos con relación a los adultos mayores es que como no había ninguna rectoría clara sobre esta población y había muchas instituciones que la atendían desde distintas perspectivas, las necesidades quedaban diluidas y sin adecuada atención. ¿Qué hay de bueno desde que empezamos a discutir políticas para las personas mayores? Que se defina una perspectiva de derechos humanos, es decir que la política sea integral. Se piensa que lo importante es medicalizar, o atender sus ingresos y ahí se termina la visión. Se cree que una política social desde la perspectiva de derechos es una fantasía teórica, y no lo es. Solucionás algunos problemas a los viejos trabajadores, que son mayoritariamente varones, ¿y el resto? Es una cabeza tan lejana de los problemas que tienen los y las adultas mayores, sobre todo en un país donde tenemos un porcentaje de gente autoválida a edades muy altas, con deseos de hacer cosas. La Red Nacional de Organizaciones de Adultos Mayores (REDAM) ha sido una explosión de gente de todo el país que fue trayendo estas otras reivindicaciones.

-¿Cómo ves la participación social de las mujeres viejas?
Tenemos un problema cultural con las mujeres que les cuesta mucho más asumir una participación de liderazgo en su vejez. Los hombres no tienen tanto problema con eso. También a veces las mujeres no quieren asumir más responsabilidades. Una mujer vieja siempre siente que tiene responsabilidades de cuidados por asumir en algún lado: cuidados a los nietos, ayudar a la hija con algunas tareas, o que tiene que hacer una comida especial, etcétera. Tienen muchas más responsabilidades en el ámbito privado que los hombres, entonces tienen menos tiempo para dedicarle espacio a la participación en los lugares de influencia. He visto un cierto cansancio de las mujeres mayores de haber estado peleando por algo y que finalmente se cansan y se van. Me parece que es una cuestión cultural de que a las mujeres mayores les cuesta todavía porque no han hecho el proceso de empoderamiento necesario para asumir mayor liderazgo.

Por ejemplo en la Red Pro Cuidados -que está integrada por académicos y centros de estudio pero fundamentalmente por organizaciones sociales de adultos mayores y de discapacidad, entre otras- somos una mayoría absoluta de mujeres. Hay muchas que se han jubilado o se han retirado de las actividades institucionales y vienen para seguir activas y tienen mucho conocimiento para aportar.

-¿Te parece que esas mujeres viejas sean visibles para la sociedad?
Son invisibles, absolutamente invisibles. Porque además las mujeres viejas en general no demandan. Demandamos quienes tenemos experiencia y vivencias de participación, sea a nivel social, político o académico. Pero a las mujeres que no tuvieron una trayectoria de participación cuando eran jóvenes les cuesta entender que tienen cosas para reivindicar. Y si no hay un trabajo de promoción de la participación, es difícil. En las jóvenes de hoy por suerte se han producido cambios en la sociedad y reclaman más las cosas.

-Contanos cómo ves el rol de las mujeres que transitaron un camino de empoderamiento, respecto a los años de tu juventud y hoy en día. ¿Notás algunas diferencias?
No van a ser iguales las generaciones más jóvenes que la nuestra. De las generaciones más viejas, ¿quiénes estamos militando? Las que fuimos militantes políticas, las que fueron dirigentes estudiantiles o sindicales, esas son las que lideran. En esos espacios es donde se adquiere la práctica de tomar la voz y de debatir. El hecho de que ya casi somos mayoría en las carreras universitarias va a marcar una diferencia porque marca otro nivel de empoderamiento. A las mayores, por el tipo de sociedad en la que vivían, les cuesta mucho asumir el liderazgo. Además también hay que reconocer que el cambio parte del análisis de ti misma. Nosotras teníamos un folleto que decía “a partir de nosotras mismas”: vos tenés que cambiar para poder trasladarle eso a otros, si no es incoherente.

-Por último, ¿te parece que las organizaciones feministas estén tomando la perspectiva de vejez?
La perspectiva de vejez creo que se ha empezado a tomar, pero muy de a poco. Nos ha costado mucho a las mujeres, por formación o por lo que sea, introducir a otras poblaciones a la perspectiva militante -más que teórica- de las feministas. Porque está todo centrado en algunos temas. Incorporar por ejemplo que no podíamos pensar en los derechos de las mujeres sin pensar en las niñas y en las adolescentes y por lo tanto que el Código de la Niñez y la Adolescencia era tan importante como otras leyes que sí se reivindicaban, costó. Con relación a la vejez me parece que falta mucha reflexión pero hay una potencialidad de todas esas mujeres viejas que quieren participar, que las citás y están ahí. Hay que estar en contacto con esa realidad y hay reflexionar más esos temas.

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