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Abuso y maltrato en la vejez, una aproximación desde la pantalla grande

Mirar el cine que nos mira

Hugo Rocha y Manuel Martínez Carril
Fecha: 14/06/2013
Autor: INMAYORES

¿De qué hablamos cuando hablamos de abuso y maltrato? Bajo esas ideas vagas que se tienen de dos palabras tan emparentadas y sin embargo distintas subyace como punto de encuentro el concepto de violencia. ¿Qué es la violencia? ¿Cómo se genera? ¿Qué efectos produce? Son algunas de las preguntas que como sociedad nos hemos estado formulando, ensayando respuestas, buscando soluciones. Lejos de ser una problemática saldada, las discusiones se complejizan y parecen perderse sin hallar consenso. 

Una parte de la problemática puede visibilizarse en el plano de la representación, que para el caso puede sintetizarse muy rápidamente como esas figuras, imágenes o ideas que pretenden ilustrar o imitar la realidad, o mejor una parte de ella. Son varias las formas en que se manifiesta el abuso y el maltrato. De la misma manera, esas formas empiezan a representarse desde muy diversos enfoques en muy variados ámbitos. 

El cine, en tanto arte representativo, no ha sido ajeno a representar la violencia, el abuso o el maltrato. Esta afirmación es fácilmente reconocible en la larga lista de películas más o menos violentas. De hecho, muchas de las consideraciones que se tienen de la violencia, se adquieren de la pantalla grande. 

La Rochefoucauld, pensador francés del siglo XVII, decía que si no hubiera habido novelas de amor, el amor sería desconocido. Reconocía de esta manera el poder de la literatura para volver visible y activo el amor. Eso dicho en referencia a la literatura de su tiempo, pero no cabría preguntarse hoy ¿qué cosas visibiliza el cine? Son varios los teóricos que han rescatado al cine en su aspecto pedagógico llegando a afirmar que en el siglo XX se constituyó en uno de las formas de enseñanza no formal. 

Quizá antes de preguntarse cómo ha representado el cine problemáticas como el abuso y el maltrato a los mayores, conviene preguntarse qué imágenes de vejez ha mostrado el cine. Indagando en estas cuestiones, surge necesaria la diferenciación entre el cine comercial y el cine independiente. A modo de síntesis y obviando las puntualizaciones que requerirían estos rótulos, se dirá para la ocasión que el cine comercial es aquel que pone el énfasis en la taquilla y en la circulación de películas en el mercado. Quizá su más asidua producción serían las películas de acción plagadas de efectos especiales. Se trata en general de un uso del lenguaje cinematográfico más bien lineal y transparente, donde el espectador pueda concentrarse más en lo que cuenta la historia y menos en los recursos formales, aquello propiamente cinematográfico. A su vez, los temas que trata el cine comercial, según se ha afirmado, suelen ser menos contestatarios al legitimar un statu quo antes que cuestionarlo, dado que apela más al lado emotivo del espectador que a su potencia reflexiva. 

En contrapartida el llamado cine independiente intenta separarse de la gran industria, esa que depende de la taquilla. Por esta razón, a menudo estas películas son producidas con escasos recursos. Pero aunque los recursos suelan ser más escasos, la libertad creativa de sus hacedores es inversamente proporcional. En este cine la forma no es necesariamente transparente y es usual que apele a la participación reflexiva del espectador. 

Ahora bien, ¿se ha ocupado el cine de representar el abuso y el maltrato a los viejos? ¿De qué forma lo ha hecho? En busca de estas reflexiones, INMAYORES conversó con Hugo Rocha y Manuel Matínez Carril. 

Dos grandes 

Hugo Rocha nació en Minas, tiene hoy 95 años y una mente prodigiosa. Ejerció el periodismo cultural, especialmente la crítica de cine, en los diarios El País y El Día, y en la revista Cine Radio Actualidad. Además de titularse como Químico Industrial, fue traductor en la Sede de Naciones Unidas y más tardíamente designado Director de los Centros de Información en Centroamérica y el Caribe. Finalmente Portavoz de UNTSO, organismo coordinador de las misiones de paz de Naciones Unidas en Medio Oriente. Recientemente, escribió el capítulo “La violencia en el cine” para el libro La cultura de la violencia (Banda Oriental, 2010), compilado por Daniel Vidart y Anabella Loy. 

Manuel Martínez Carril tiene 75 años y nació en Montevideo. Fue Director y Coordinador General de Cinemateca Uruguaya entre 1975 y 2005. Además se ha desempeñado como docente, crítico cinematográfico y periodista cultural. Es Caballero de las Artes y las Letras designado por el Gobierno francés. Además se le otorgó la Orden de Mérito Cultural por parte de los gobiernos de Chile, Polonia e Italia. En 2007, el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográfica le realizó un homenaje en Cuba. Fue creador y director del Festival Cinematográfico Internacional del Uruguay hasta 2007 y jurado en numerosos festivales del mundo. Ha publicado varios libros y se desempeñó como co-director en varios cortometrajes y actor en Bregman, el siguiente; Acné y La vida útil. 

Arrugas en la pantalla 

El cine comercial no se ha detenido demasiado en abordar la vejez. En este aspecto tanto Martínez Carril como Hugo Rocha coinciden. Indagando las razones, Rocha afirma que “eso ocurre porque el cine independiente no tiene las obligaciones de ganar mucho dinero para pagar el costo de las películas. El cine comercial siempre ha ignorado el tema de la vejez porque es fundamentalmente una forma de atracción de la población joven. Incluso se ha llegado a calcular que la edad promedio a la que apuntan las producciones cinematográficas comerciales son los 18 o 19 años. Por eso el tema de la vejez siempre ha sido excluido por el cine comercial, especialmente el norteamericano. En cambio el cine independiente que no responde a motivos comerciales, sí puede ocuparse de ese tema”. Siendo que la mayoría de la gente ve cine comercial, es dable preguntarse qué aporta este a nuestra sensibilidad respecto de la vejez. 

Martínez Carril por su parte es más categórico al afirmar que “los viejos no suelen ser un tema vendible”. Y agrega “el tema de los viejos en el cine ha sido solo algunas veces el tema central de las películas donde aparecen viejos”. Y efectivamente, son más aquellas películas que representan a la vejez a través de personajes secundarios. Cuanto más secundario sea un personaje, más estereotipado suele ser porque no hay espacio para desarrollarlo. Así, muchas veces, se termina por mostrar una vejez más bien alejada de la heterogeneidad de la población mayor. 

Abuso y maltrato 

Pero existen contraejemplos, siempre los han existido. Martínez Carril nos habla de algunos de ellos: “en películas donde los asuntos sociales han sido preponderantes, por ejemplo, el neorrealismo italiano, se pueden encontrar películas cuyos autores se refieren a la vejez como tema. Es el caso de Umberto D (1952) de Vittorio de Sica, por su libretista, Cesare Zavattini. Aquí un viejo es, de alguna manera, representativo de todos los viejos en la postguerra italiana. Las desgracias y la soledad de ese viejo era un cuestionamiento a lo que pasaba con los viejos en ese período histórico en Italia. El cine neorrealista se propuso casi programáticamente ser testimonio, denuncia y documento de lo que estaba pasando en la sociedad.” 

Rocha, por su parte, también se detiene a reflexionar sobre esa película, “la mejor que recuerdo tratara el tema de la vejez pero bien en serio. Un viejito cuya jubilación no le alcanza para vivir y pasa por todas las humillaciones de ser viejo y pobre. Al final, tan desesperado está que piensa en pedir limosna pero le da vergüenza y cuando le van a tirar la moneda hace un gesto con la mano como si estuviera lloviendo. Esa es la que más rescato con la exquisita sensibilidad y respeto que caracterizaba a Vittorio De Sica”. Estas imágenes relatadas por Rocha de una película de 1952 pueden advertirse completamente vigentes. 

Si uno se detiene en aquellas películas donde la vejez está abordada más detenidamente, se advierte que, en muchos casos, se suelen mostrar situaciones de vulnerabilidad asociadas a la vejez. La discriminación por la edad, el abandono, la falta o no reconocimiento de su autonomía, la falta de protección, entre otras variadas cuestiones, vuelven la mirada hacia los viejos en tanto sujetos. Y representadas en la ficción, retratan más o menos directamente situaciones de abuso, ya sea por acción u omisión. 

La balada de Narayama (1983) de Shohei Imamura se ocupa de manera central de la ancestral costumbre de algunas aldeas de Japón de abandonar a los más mayores en la cima de la montaña donde morían por inanición. En aquellas aldeas rurales del Japón de uno o dos siglos atrás, los más viejos eran considerados una carga y apenas dejaban de conseguir su propio alimento, la comunidad los desterraba forzosamente. En la película se recurre dramáticamente a este hecho verídico llevándolo hasta el paroxismo de la discriminación y el maltrato. El espectador no podrá menos que sentirse abrumado por semejante sentencia de muerte. Salvando las enormes distancias, un espectador actual podría preguntarse hasta dónde nuestra sociedad no replica ciertos esquemas de discriminación. 

También japonesa es la película Ganas de vivir (1999) de Kaneto Shindo, que es una relectura de La balada de Narayama pero anclada en un contexto más actual. En lugar de abandonar a los viejos en la cima de la montaña, en este contexto los más jóvenes pretenden abandonar a los viejos en asilos en contra de su voluntad. La discriminación por edad emerge como una problemática que se encarna en la piel del personaje en varias escenas de la película. Quizá la más impactante sea cuando el viejo es echado a escobazos de un bar al que era asiduo por haberse orinado encima. 

Hugo Rocha reconoce que “muchos adultos mayores temen a la discriminación. La juventud sigue siendo el divino tesoro, ¡nadie quiere perderlo!” 

La infantilización de la vejez también es un tema tratado por algunas películas. El no reconocimiento de la autonomía de los mayores y de su derecho a decidir sobre su propia vida, son abordados en películas como Historias mínimas (2002), del argentino Carlos Sorín, o en la reciente producción francesa Y si vivimos todo juntos (2011), de Stéphane Robelin. En Historias mínimas se muestra una escena simple y cotidiana pero muy significativa: el viejo se sienta a la mesa con su hijo y su nuera y no le permiten cortar su propia comida. Las protestas del viejo son completamente ignoradas y su autonomía no es reconocida. Se le trata peor que a un niño al que no lo dejan disfrutar de su propia comida. En Y si vivimos todos juntos, aunque las escenas se resuelvan con humor, vale resaltar que a uno de los viejos le envían a un residencial en contra de su decisión. Cualquier argumento que el viejo presente, será ignorado por su hijo quien cree estar decidiendo por el bien de su padre. 

“Otras veces, otros autores se han referido a protagonistas viejos como recurso dramático” afirma Martínez Carril y nombra los siguientes ejemplos: Sarabanda (2003) de Ingmar Bergman, la también abrumadora Amor (2012) de Michael Haneke que se ha ganado la mirada detenida de la crítica especializada, La cena (1998) de Ettore Scola, Desde ahora y para siempre (1987) de John Huston, La entrevista (1987) de Federico Fellini, Madadayo (1993) de Akira Kurosawa, el documental Yo recuerdo (1997) de Anna María Tató sobre la vida del actor Marcello Mastroianni, Las playas de Agnes (2008) de Agnès Varda. “En estos ejemplos los autores reflexionan sobre su propia vida, la vida pasada, desde la tercera edad, que es la edad de ellos, cerca de la muerte”, dice Martínez Carril. 

Puntualiza sobre Vivir (1952, misma fecha que Umberto D) del director Akira Kurosawa. “Lo mismo sucede con Kurosawa, de militancia comunista, que en Vivir se refiere expresamente al problema social de la vejez, y lo hace con enorme sensibilidad. La secuencia final, en la plaza donde están las hamacas de los niños, solo, mientras una hamaca se mueve en soledad”. 

Y continúa “en otro ejemplo Cuando huye el día (1957), Bergman asume la personalidad de su maestro, Victor Sjöstrom, autor en el cine mudo de La carreta fantasma (1921), El viento (1928), etc, y lo coloca como el viejo protagonista al que Bergman dedica su película”. 

Martínez Carril propone asimismo, retomar al viejo como creador y hacedor de cine. “Pero más interesante es ver lo que algunos viejos han hecho del cine. Estoy pensando en Bergman, en Antonioni, en Kurosawa, en unos cuantos más. Curiosamente en sus últimas películas, se percibe en ellos, una vitalidad increíble. Eso es muy interesante desde el punto de vista creativo”. En este sentido, vale resaltar a Manoel de Oliveira, el director de cine portugués que aún hoy a sus 104 años sigue activo estrenando en 2012 su O Gebo e a Sombra. 

¿Un presente más envejecido? 

Si uno recorre la programación de la Cinemateca Uruguaya del último año o más, puede notarse que las películas que incluyen alguna perspectiva de vejez y envejecimiento van en aumento, al menos en lo que respecta a esa cartelera. El extraño Sr. Horten (2007) del noruego Bent Hamer, La caja de Pandora (2008) de Yesim Ustaoglu, Nube nueve (2008) de Andreas Dresen, la extraordinaria Poesía (2010) del coreano Lee Chang Dong, Luján (2010) del argentino Raúl Perrone, Arrugas (2011) de Ignacio Ferreras sobre el relato gráfico de Paco Roca. Las uruguayas La demora (2012) de Rodrigo Plá y Las flores de mi familia (2012) de Juan Ignacio Fernández. Las ya nombradas Y si vivimos todos juntos y Amor. Más lateralmente pueden referirse, Tabú (2012) de Miguel Gomes y Elena (2011) de Andrey Zvyagintsev. 

Quizá se deba a que ya instalados en la segunda transición demográfica y con esperanza de vida en aumento, los artistas empiezan a sentir la necesidad de acercarse más a un tema que seguramente habrá de cobrar mayor protagonismo en los próximos años. 

Productor de subjetividad 

Rocha nos recuerda que “el cine es una tremenda influencia cultural en la masa del pueblo, no hablo de las elites intelectuales o universitarias. La masa es el pueblo. No tanto ahora quizá por el auge de la televisión y otros medios de comunicación pero en los años 40 y 50, cuando Montevideo tenía menos de un millón de habitantes, se vendían más de 20 millones de entradas por año. Entonces, la influencia cultural se reflejaba en las costumbres, en el vestuario, en la conducta, en los sentimientos, en las opiniones, para bien o para mal”, y aclara, “no hay que olvidar que el cine muchas veces hace propaganda de causas que no nos caen bien, por ejemplo el cine americano es muy propenso a hacer películas de índole militar como propaganda de la política exterior de su país. Pero esos son los aspectos negativos, los hay también positivos. El hecho es que la influencia del cine en el plano cultural para la gran masa del pueblo es muy importante”. 

Volviendo a lo dicho más arriba sobre la frase de La Rochefoucauld, el cine enriquece las ideas que nos formamos del mundo. La manera de ver, pensar y sentir, están atravesadas por un mundo de imágenes provenientes de la gran pantalla. Forman parte de nosotros, de nuestra sensibilidad y modifican nuestra experiencia. En este sentido, el cine es productor de subjetividad. 

Siguiendo esta línea, Rocha nos advierte: “de hecho, el historiador americano Robert Sklar en su libro titulado Movie made America (1975), sostiene que el cine fue la influencia cultural más importante de la primera mitad del siglo XX para el pueblo de su país. Y acá en Uruguay, el volumen de notas sobre cine de Hugo Alfaro titulado De cine soy (2001)”. 

La demora 

Siguiendo esta línea, es de notoriedad la reciente película uruguaya La demora (2012) dirigida por Rodrigo Plá sobre un guión de Laura Santullo. Destacada por ser quizá la única película uruguaya de ficción que se centre en un personaje adulto mayor que va perdiendo la memoria y en la complejidad de la situación que genera tener que ser cuidado. Consultada por INMAYORES sobre esta película, Laura Santullo, que además de ser guionista es escritora, nos cuenta de dónde partió el guión. 

“La historia nace justamente a partir del tema del maltrato a los adultos mayores, más específicamente del abandono. Hace ya unos cuantos años leí una nota periodística en México que daba cuenta de cifras de ancianos abandonados, muchas veces por sus familiares, en hospitales y en la vía pública. No había datos concretos, solo cifras. La noticia me impactó por lo extendido del problema y por lo terrible del acto, pero pasada la primera indignación y desprecio sobre quienes hacen una cosa de esa naturaleza, comencé a darle más vueltas en la cabeza. ¿Quiénes?, ¿por qué? y ¿cómo es que puede ocurrir una ruptura semejante en el seno de una familia? Y ahí nació un cuento “La espera” que después sería la película La demora.” 

Pero la película apuesta a más y no se centra solo en la mirada del viejo que es víctima, también nos aporta desde el otro lado. “Si bien es cierto que debe haber una buena cantidad de personas infames que dejan por ahí a sus seres queridos, me interesé por buscar situaciones más complejas que pudieran estar ocultas detrás de un acto tan triste como aquel. E inventé la familia que se ve en la película, madre soltera de tres hijos, a cargo de un padre anciano que comienza a perder la memoria. De modo que en el camino de desentrañar lo ocurrido también me encontré de frente con otro drama que es el de los cuidadores, los que quedan a cargo de los viejos y que en muchas ocasiones no tienen ni los recursos materiales ni emocionales suficientes para hacer frente a la tarea. En este sentido, y fue mientras iba avanzando en la construcción de los sucesos, es que apareció muy fuerte la idea de que los ancianos deben ser una responsabilidad que encare la sociedad toda, con políticas pensadas para ello. No puede estar el asunto librado exclusivamente a las posibilidades y decisiones individuales, debe haber una atención desde lo social. En bien de los mayores pero también de las personas que se hacen cargo, en su mayoría mujeres, que enfrentan tremendas culpas y dilemas, y sobre todo lo padecen en silencio porque luce mal quejarse. A mí en la historia narrada, me conmueven las dos miradas, me importan los dos, por eso justamente se eligió que la narración diera cuenta de los sucesos desde ambos puntos de vista”. 

Las flores de mi familia 

También en 2012 se estrenó la película Las flores de mi familia de Juan Ignacio Fernández, un documental sensible a los bellos artilugios de la ficción. En esta, el director ofrece una mirada hacia su propia familia, su madre Alicia y su abuela Nivia. El eje dramático está en la relación de ambas que se tensa frente a una nueva configuración familiar: Alicia se casa y partirá del hogar que sostenía con Nivia. La nueva situación plantea la posibilidad de que la nonagenaria vaya a vivir a un residencial para mayores, pero Nivia no está convencida y examina las posibilidades de su destino. No hay abusos ni malos tratos, felizmente Nivia sabe y puede tomar sus decisiones. La película desarrollará entonces los intermedios de esta situación ofreciendo un retrato detenido de la abuela para quien está dedicada la película.

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