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¿Maíz a las palomas?

Espacios públicos y personas mayores

Espacios públicos y personas mayores
Fecha: 10/05/2013
Autor: INMAYORES

Mónica Lladó es Psicóloga y Profesora Adjunta de la Facultad de Psicología de la Universidad de la República. Trabaja desde hace varios años en asuntos de vejez y envejecimiento. Recientemente, obtuvo el grado de Magister en Ciencias Humanas a través de la Maestría en Antropología de la Cuenca del Plata en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad de la República. Sobre su trabajo de egreso “Representaciones sociales: adultos mayores y espacios públicos en la ciudad de Montevideo” y otros temas, Inmayores conversó con ella.

En su tesis y ya desde el título la autora parte del concepto de representación social que puede entenderse, muy someramente, como aquellas opiniones, creencias y estereotipos que nos formamos para clasificar a algo o alguien y que establecen un sistema de códigos que orienta y regula la forma en que pensamos y actuamos sobre el objeto de esa representación. En esta ocasión, el objeto de esa representación son los viejos y la vejez misma.

Mónica declara en su investigación que existen una multitud de estudios que denuncian que el discurso social dominante, es decir el concepto que la sociedad tiene sobre la vejez, es negativo y que “esos prejuicios se encarnan en los cuerpos de las personas mayores” operando de manera perjudicial. La vejez, siguiendo esta concepción negativa, es vinculada al deterioro físico y mental y a la pasividad. Mónica rememora una anécdota en este sentido. Realizando prácticas en el Hogar Diurno del Parque Rivera, al trasladarse en ómnibus, siempre se encontraba con un graffiti enorme donde se leía una estrofa de una canción de la banda argentina Sumo: “Estoy rodeados de viejos vinagres todo alrededor”.

Y esto motivó su investigación: “hay todo un discurso del país de los viejos y eso es algo que merece ser estudiado. Nadie puede negar que haya una presencia importante de viejos en los espacios públicos de nuestra ciudad. Pero más allá de esa presencia que es más que una percepción, dadas las cifras censales que lo justifican, se palpa una representación de vejez reaccionaria, rígida, limitada, que se les atribuye a los viejos”.

Por estos motivos, Mónica entiende necesario “el análisis de las ideas naturalizadas sobre el envejecer que tienen los adultos mayores y el resto de la población” y enfatiza en que “no existe una forma de envejecer, ni de llegar a la vejez. Esto es así por la singularidad de cada persona y por ser sujetos construidos de acuerdo a un contexto socioeconómico, histórico y cultural determinado”.

¿Un nueva forma de entender la vejez?

Mónica aboga por pensar en las personas mayores como “capital humano y social” de manera de hacer valer social y políticamente a personas con experiencia y con tiempo disponible. No es la única que piensa de esta manera. La idea de lo beneficioso -para los viejos mismos y para la sociedad toda- de promover la participación de los viejos en actividades sociales, educativas y culturales cobra cada vez más relevancia. La prédica del Plan de Acción Internacional de Madrid, el compromiso político asumido en el Plan Nacional de Envejecimiento y Vejez y los fuertes reclamos de varias organizaciones nacionales de adultos mayores, suscitan la emergencia de un nuevo paradigma, una nueva forma de pensar la vejez. Este nuevo paradigma plantea, la necesidad de realzar la capacidad de los viejos habilitando su aporte a la sociedad. Es de recalcar que esto tiene por lo menos un doble beneficio: para la autoestima de los mayores y para los que se benefician de la actividad que pueda realizar esa persona mayor. Hablamos por ejemplo, de los destinatarios de la transmisión de la memoria que poseen los mayores, de aquellos que puedan educarse a través de los saberes de los viejos o aquellas personas que reciben cuidados de un adulto mayor.

La autora comenta que aunque en Uruguay no se ha estudiado el impacto de la participación social de los mayores, “los efectos de la acumulación de experiencia de un colectivo de adultos mayores más activos y participativos empiezan a ofrecer la posibilidad de pensar en un sujeto productivo y asociado al cambio.”

Más allá del surgimiento de esta nueva y positiva forma de pensar y actuar sobre la vejez, es innegable que coexiste y -es menos notoria- que el otro paradigma: el de pensar en los viejos como sujetos pasivos disminuidos en sus capacidades a causa del simple paso del tiempo.

Pensar el espacio público

El derecho al proyecto de vida en la vejez y el derecho a la ciudad -esto es: el derecho a usufructuar de la ciudad en tanto espacio compartido- son dos preposiciones que deben ser consideradas y que están presentes a lo largo de este trabajo. 

Su investigación se construyó en base a herramientas de la antropología social y de la psicología. Desde la época colonial, el espacio público más notorio en el ambiente urbano ha sido la plaza. Siendo así, Mónica estuvo desde 2008 a 2011 observando a las personas en distintas plazas y parques de Montevideo así como también entrevistando a diferentes actores sociales, políticos y técnicos que ofrecían una dimensión, una porción de conocimiento, acerca del uso del espacio público que hacen las personas en general y las mayores en particular.

Ella advierte que “el desafío será cómo articular lo que se sabe desde la experiencia psicológica con las herramientas que nos ofrece la antropología para poder visualizar elementos que desde la perspectiva del envejecimiento y la vejez demandan considerarse juntos”. La antropología le brinda conocimiento y técnicas para el estudio de las personas en el espacio – tiempo y la psicología, herramientas para pensar cómo afectan esas dimensiones a las personas.

De esta manera el enfoque interdisciplinario cobra particular relevancia a la hora de buscar alternativas al uso de los espacios por parte de los mayores. Buscar contextualizar las situaciones en que se generan esas representaciones de la vejez -es decir: cómo y dónde nos formamos esos conceptos o prejuicios acerca de los viejos- pero enfocándose en el uso que los mayores hacen de los espacios públicos, concretamente en plazas y parques de la ciudad de Montevideo. Según este planteo, en estos espacios se muestra y visibiliza una sociedad con sus diferencias de clases y conflictos.

Pero, ¿y qué entendemos por espacio público? Articulando saberes, Mónica interpreta que “el espacio del que hablamos en este binomio espacio-público, no es algo inerte, concreto y medible. Es el espacio-tiempo de las personas que viven en él y se mueven en él y, por ende, es experiencia. Para observar un espacio, estudiarlo o diseñarlo hay que considerar las representaciones que de él tienen las personas que habitan esos espacios, y a su vez lo que se espacializa de esas representaciones. En estos movimientos se produce espacio y el espacio nos produce.”

Lo importante es, entonces, pensar el diseño de los espacios para que estén al servicio de las personas, sus verdaderas destinatarias. Sin embargo, la investigadora nos dice que “no hay una política clara con respecto a los espacios públicos y no hay una articulación que es lo que más preocupa. No hay un pensar la ciudad, mucho menos para los viejos. Decimos tenemos un país de viejos y Montevideo en particular es una ciudad con una alta concentración de viejos. En general la tendencia es que los viejos se concentran en las ciudades. El 93 % de la población mayor vive en ciudades. Sin embargo las ciudades no están pensadas para incluirlas. Tampoco están pensadas para niños o para personas con discapacidad. La ley parece ser el arreglate como puedas. Tenés que medir al menos 1,70 m para sobrevivir a una ciudad en Uruguay. Los escalones, por ejemplo, ¡todos los ómnibus tienen escalones altísimos!”

¿Y los espacios públicos en la ruralidad?

O qué podría entenderse como espacio público en un ambiente rural. Mónica comenta que su trabajo es básicamente en la capital porque era lo que estaba entre sus posibilidades investigar. “No tenía la posibilidad de hacer un trabajo en el interior o en los ámbitos rurales. La ruralidad tiene otros espacios, obviamente, totalmente distintos. Hay otras cosas que congregan a lo público, estoy pensando en las peñas, en las jineteadas, las yerras, los festivales, que son actividades que funcionan como ámbitos regulares como la plaza en el caso de la cuidad. Pero otra vez estamos transpolando el discurso de la ciudad. El espacio público en el ámbito rural es un encuentro puntual por las mismas distancias. Es más difícil encontrarse.”

Con respecto a otras ciudades del país comenta que “podemos pensar en Salto o Paysandú, es decir, ciudades que tienen sus espacios públicos que juegan con el mismo modelo de ciudad o ciudad capital. Es un problema que tiene que ver con cómo se producen espacios culturales o comunitarios, que los hay. En algunas localidades existen espacios culturales que, en general, se prestan mucho a la autogestión. Otras localidades, en cambio, carecen de poder producir eso. Aunque no fue lo que yo estudié, sé que la gente del Ministerio de Educación y Cultura ha intentado producir programas pero desde una perspectiva exclusivamente cultural. Desde el espacio público en sí, en un sentido más amplio, no he visto mucha cosa pensada. Indudablemente las intendencias son las administradoras jurisdiccionales y, salvo las que tienen más desarrollo en trabajo de programas de espacios públicos como Maldonado o Colonia, desconozco políticas serias al respecto. Lo que he visto que se ha trabajado más en esta construcción del espacio público, y que se nota en algunas ciudades, es algo de accesibilidad. Pero lo ves en el centro de esas ciudades y no en la periferia. Hay como un intento de introducir ciertas pautas de accesibilidad pero de manera muy fragmentaria, de forma que no podés hacer un recorrido completo. Y hay algunas ciudades del interior que tienen un espacio público ideal que vendría a ser como una especie de parque municipal a orillas de algún río o arroyo y terminan siendo el espacio público más resaltado por la comunidad. Es donde se da el paseo, el lugar al que se concurre con la familia. Por lo menos esto es lo que he podido rescatar de la vida en el interior. Hay actividades culturales que se realizan como espacio público abierto, en la plaza central por lo general, y después están las canchas o los estadios.”

Más espacios

No solo los espacios generados y gestionados por el Estado congregan al encuentro, “hay otros espacios públicos que no son libres para todos los ciudadanos. Esos donde tenés derecho a entrar pero a realizar un uso restrictivo del espacio. Los shoppings son espacios públicos también pero que tienen sus límites y sus reglas. Vos podés estar en el shopping hasta que te dicen señora usted no esta haciendo cosas que nos gustan, por favor váyase. Podría haber hecho un trabajo en los shoppings al tratarse de un espacio público pero con ciertas restricciones propias de haber sido producido por un privado que genera un espacio nuevo y un uso de lo público distinto, con cierta restricción de derechos, con otras lógicas y con otros fines. En el caso de los shoppings, el espacio está construído para el mercado, para comprar determinados productos. En general, tienen también un círculo de influencia que genera también público. Si pensamos en el mejoramiento de plazas y accesos donde se benefician los comerciantes de la zona pero también se beneficia la comunidad. Genera otros accesos, una cierta estética, una cierta mejora, genera parques -en algunos casos sí en otros no, los arruina-. Pero en general en el entorno hay una mejora y también tenés gente que va al shopping para refrescarse, por el aire acondicionado, por la calefacción. Pero hay una restricción, hay un sistema de seguridad y de control sobre los que hacen usufructo del espacio, no vas a tener gente durmiendo en el shopping, en la plaza sí. Ahí hay un límite claro”.

Mecanismos de control

La autora nos cuenta que cuando empezó a estudiar el tema había menos control de plazas y parques. “Hoy día en Montevideo, -justamente cuando yo estaba terminando el trabajo de campo- la intendencia incorpora un programa de guarda parques para los parques, nada más, no en las plazas. Comprende el parque Líber Seregni, el parque de los Aliados y otros parques grandes. Fuera de esos casos, en los lugares donde hay sistema de seguridad de plazas, son en aquellas en que la seguridad es administrada por comerciantes o vecinos. Sucede en la plaza del “Entrevero” o en la Virgilio. En la plaza Virgilio también hay un cuidador que no es del municipio por lo que se puede asumir que también lo administran los vecinos. Y en el caso de la plaza del “Entrevero” eran contratados por La Pasiva que tiene el negocio en la plaza. El mecanismo de control en estos casos es tratar de evitar el vandalismo. No hay una cuestión educativa, salvo en el parque Líber Seregni donde se dan cosas más interesantes.”

Un espacio diferente

El parque Líber Seregni -ubicado entre las calles Eduardo Víctor Haedo, Joaquín Requena, Daniel Muñoz y Martín C. Martínez- ofrece un panorama distinto al de otros espacios públicos de la ciudad de Montevideo. “Quizá por tratarse de algo novedoso y porque los vecinos participaron mucho en el proyecto de creación del parque. La gestación del proyecto del parque nos habla de otro tipo de apropiación de los vecinos hacia ese espacio”.

Este espacio se proyecta a través del Presupuesto Participativo de la Intendencia de Montevideo en el 2006, concretándose en 2009. Surge a través de la iniciativa y el esfuerzo de los vecinos que proyectaron en ese terreno antes baldío la posibilidad de un lugar de encuentro y de esparcimiento.

Es un lugar muy visitado por los vecinos, incluso por gente de otros barrios. Acá “la seguridad del parque está a cargo de una cooperativa, uno de los programas articulados entre el MIDES y la intendencia. Entonces es una cooperativa de gente que se armó en esas cuadrillas de trabajo que después se convirtieron en cooperativas y le venden servicios a la intendencia. Son todas mujeres y como no daban a basto con todos los turnos entonces empezaban a subcontratar gente para que las ayudara a cubrir todos los horarios. Yo veía en mis visitas al parque que los subcontratados tenían un manejo más típico de vigilante, un menor compromiso con el lugar. Sin embargo, cuando estaban ellas se notaba una mayor interacción con los vecinos, conocían a la gente y hablaban con la gente, estaban todo el tiempo generando cosas por la propia interacción y se evidenciaba un claro compromiso con el lugar y con la gente que lo habitaba. Veías esa diferencia. Entonces según los turnos dependía la situación que te encontraras. Hasta era muy gracioso cuando a los hombres, que no acostumbraban tener interacción con los habitués, les costaba mucho más decirles no hagas esto. Había dos funcionamientos totalmente distintos según el guarda parque que hubiera”. 

Relación intergeneracional

Si pensamos el espacio público como un lugar de encuentro, como un espacio-tiempo que es experiencia, es dable preguntarse cómo se relacionan las personas en esos espacios. Concretamente para nuestro enfoque, cómo se relacionan las personas de distintas edades.

La autora nos cuenta de algunos casos que le llamaron la atención en este sentido, como ser el caso de la plaza del “Entrevero” y el tango que se baila al aire libre de jueves a domingos. “Arrancaba los jueves, pero los domingos por una cuestión de que hay un mayor movimiento y más circulación de turistas, era mucho más interesante. Lo que veías era el baile como relacionamiento. Se baila, punto, no hay problema”. Si bien la mayor cantidad de bailarines que pueden verse en la plaza son personas mayores, también se mezclan personas de todas las edades dispuestas a bailar y compartir el momento.

También nos habló de otro tipo de casos. “Después lo que a mí me llamo más la atención, tratándose de relación intergeneracional, fueron otros espacios públicos donde se mezcla el usufructo de los espacios. Casos de comisiones vecinales y un club de bochas. Ahí fue donde vi que estaban más preocupados por la dificultad de interacción con las generaciones más jóvenes. Se evidenciaba una preocupación de no continuidad, ¿que pasará con la cancha?, ¿qué va a pasar con las bochas? y solo algunos pocos llevaban algún familiar de menor edad. Ellos se preocupaban porque no era atractivo ese deporte para los más jóvenes, pero quizás pasaba más por el funcionamiento de esa cancha o de ese espacio. Se generaba una relación entre pares más cerrada. A veces tiene que ver con las propias directivas de los clubes, donde se hallan dificultades para lograr una renovación. Se encuentran muy arraigados recuerdos de glorias pasadas y de respeto a ciertos personajes del club. El respeto en estos casos queda asociado a la reproducción acrítica de tradiciones siendo un obstáculo para la renovación y la apertura. El desafío es cómo asociar el respeto a la tolerancia y no a un pasado de normas sociales autoritarias.”

Las dificultades a sortear para establecer ricas relaciones intergeneracionales, esas que acumulan experiencia y abren la posibilidad de pensar desde otras perspectivas, requieren apertura de ambos interlocutores: los jóvenes y los viejos. Esa apertura también requiere repensar determinados conceptos que nos formamos de las otras personas y revisar pautas que nos permitan el encuentro con el otro. Es que tal vez suceda en algunos casos que los mayores pretenden que los jóvenes se acerquen sin advertir que no se está habilitando ese acercamiento. Son muchos los mayores que manifiestan el problema de que los jóvenes no se integran y sin embargo conviene preguntarse qué hacemos, jóvenes o viejos, para que eso suceda. Es decir, se detecta el problema pero muchas veces no se ven las posibilidad para solucionarlo.

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