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Los 90 años del antropólogo uruguayo

Materialista del espíritu

Daniel Vidart
Fecha: 28/10/2010
Autor: INMAYORES

Sobre la mesa tiene abierto el semanario Brecha del día (24-IX-2010). "Me publicaron una nota, todavía no la he podido leer", dijo Vidart. La foto central refleja el tema que en las últimas semanas lo ha tenido ocupado en un debate, los conflictos en Cercano y Medio Oriente. Nos ponemos a conversar. A los pocos minutos llama un amigo para felicitarlo por el artículo. Son las primeras repercusiones. "Mis amigos -agregó- son mi muro de corazones, como decía Paco Espínola".

-En una nota publicada en la revista Relaciones en el año 2007, titulada "Por la vejez"(1), usted incursionó en un tema novedoso en su trabajo: la situación de los adultos mayores.
-Yo me preocupé desde mi juventud por ser un modesto intérprete de la llamada realidad nacional. Fundamentalmente del diálogo ente los dos hemisferios, el rural y el urbano. Yo soy un paisano con lecturas, tengo un tránsito grande por la universidad y los libros pero puedo decirlo ya a esta altura de mi vida -no desde el cenit sino con el sol a la espalda-, que lo que aprendí lo aprendí en el camino. Es decir, hay un saber que lo da la academia, los libros, el cultivo de la mente y del espíritu. Y hay una sabiduría que solamente se sazona con los años. Cuando son años no de bobalicones que empiezan a decir siempre lo mismo, como muchos viejitos -y no lo censuro porque se les han gastado ciertos resortes del alma-, sino que la sabiduría de la senectud, de la vejez, es como la gota de miel en el higo maduro. Pero ¡ojo! también tiene un poco de hiel, porque no solamente es dulce lo que uno ha vivido. Todas las amarguras se pueden destilar y llegar al nivel de la comprensión del mundo y de la vida, lo que implica un ejercicio de desencanto, esto es, entender que no somos perfectos. Los hombres no somos sólo perecederos y contingentes sino propensos al yerro, a la soberbia, a la estima propia por encima de los demás. Lo deseable, lo necesario, es sentirse próximo en el espacio y prójimo en el tiempo de la afectividad y el respeto por el otro. Es preciso levantar de nuevo aquel viejo lema rural que yo siempre he tenido presente: "naides es más que naides". Esto significa valorar de idéntico modo los derechos y las obligaciones humanas. Nos diferencian como dice la Constitución, por nuestros talentos y nuestras virtudes, nuestras inteligencias, pero desde el punto de vista civil y humano somos todos iguales. Iguales ante la muerte en primer lugar. Como decían los versos de Manrique: "Nuestra vida son los ríos/ que van a dar a la mar/ que es el morir;/ allí van los señoríos derechos a se acabar y consumir;/ allí los ríos caudales,/ allí los otros medianos/ y más chicos,/ allegados, son iguales/ los que viven por sus manos/ y los ricos".

-A raíz de eso tan dicho del "viejo sabio", -y de si es eso cierto o no-, usted planteó el origen común de las palabras saber y sabor, provenientes de la voz latina sapere.
-Precisamente. Estaba hablando de la sabiduría, que es el sabor metafórico que tienen los seres y las cosas cuando uno les ha tomado el gusto, cuando ha probado los pastelitos de la alegría o los licores de la frustración. Cumplo 90 años dentro de unos días, el 7 de octubre. Ya me andan celebrando los amigos y algunos medios, pero todos estos elogios y recorderis me suenan a necrológicas y por eso les estoy cuerpeando. No obstante, no me preocupa demasiado el tema de la muerte.

No puedo recurrir a la escapatoria de quienes creen en la supervivencia del alma, la magia, el espiritismo o la religión. Justamente el artículo que escribí hoy en Brecha, termina preguntando: ¿cómo es que Alá puede ser el único Dios verdadero y misericordioso, o que Yahvé, el Dios de los ejércitos, es el solitario Dios del pueblo elegido, o que Jesucristo, parte de la Trinidad, es el unívoco Dios de la caridad y del amor? ¿Quién salvará entonces a los budistas, a los sintoistas, a los hinduistas, a los mal llamados salvajes que adoran otras divinidades? ¿No son hombres como los musulmanes, los judíos o los cristianos? ¿Quedarán fuera de la Troya porque no reverencian la media luna, la estrella de David o la cruz? Todos los que no caben en estos tres recipientes dogmáticos están condenados al infierno o al limbo. ¡Un momentito! Ahora me acuerdo, al purgatorio lo hicieron desaparecer por decreto papal; no sé a dónde se irán esas almas, si es que las hay. Yo pienso de un modo materialista o mejor, si se acepta el término, integrista. La materia y energía existentes en el universo, desde las partículas elementales del átomo a las galaxias del universo están profundamente vinculadas, tanto en el cosmos como en el ser humano. Terminada la materia, la energía no tiene de dónde asirse. Es decir, materia y energía son una misma cosa. Si consideramos el cronotopo, la existencia recíprocamente determinada del espacio y el tiempo, advertiremos que son el anverso y reverso de una misma moneda, que el uno no puede existir sin el otro. No concibo un alma fantasmagórica, espectral, convertida en una entelequia paradisíaca o corporizada en los infiernos, porque lo que sufre en esos antros de terror y dolor infinitos, según las religiones cristiana e islámica, es el cuerpo. Pensemos en lo que anuncian los Juicios Finales: todos los muertos de todas las generaciones humanas recuperarán sus carnes, sus cerebros, sus ojos, sus manos y concurrirán en tropel al supremo tribunal de las virtudes y los vicios para ser juzgados. Lo siento: el animal racional que me camina por dentro no puede creer en esas fantasías. A mí no me preocupa el tema de la inmortalidad, creo que lo importante es asumir las virtudes humanas durante la mortalidad, que a todos nos aqueja y nos premia, porque sería horroroso vivir doscientos años. Matarías a todos, a tus amigos, tus hijos, tus parientes. Salvo que la cosa sea colectiva. Entonces no cabríamos en el planeta. Es bueno saber vivir y saber morir: en ambos momentos estamos dignificando a la especie si hemos practicado la exaltación virtuosa de la vida.
Marcel Marceau, el mimo francés, representaba -en uno de sus espectáculos maravillosos- las etapas que median desde el nacimiento del ser hasta su caducidad definitiva. Comenzaba a levantarse como una planta que crece y luego de expandir la gloria de su cuerpo se iba enrollando sobre sí mismo, como un animalito herido. Algo maravilloso. Justamente acabo de llegar de la Argentina donde estuve en Olavarría, muy al sur de Buenos Aires, cerca de Tandil, con una discípula de Marceau. Ella, Silvia, me contó cosas interesantes acerca de su maestro, a quien yo admiraba entusiastamente.
Volviendo al tema de la vejez. A mi me ha preocupado mucho más el tema del otro, de los otros, de mis compatriotas, del mundo uruguayo, que de mi personal destino. Soy un laburante insumiso, un vasco testarudo, un humilde perfeccionista. Deseo ser el menos malo del barrio y no el mejor del mundo. Últimamente, en lo que tiene que ver con mis escritos, he decidido salir un poco de la chacra porque, como decían los estoicos -y yo lo repito siempre- somos ciudadanos del mundo. En definitiva el mundo es nuestro hogar. Y yo he tenido la fortuna, porque ha sido una verdadera fortuna, de romper, de trascender los límites del país, del umbilicalismo que aqueja a todo ser que no ha salido de su casa. Mi casa es el mundo. En él siempre me he sentido cómodo. Por algo soy y me siento antropólogo.
Al salir fuera de fronteras, al conocer otras culturas, otras civilizaciones, al relativizar, se comprende por qué los dioses de unos pueblos son los diablos para los otros pueblos, o que lo que aquí es verdad allá es mentira, o lo que acá pertenece al pasado allá va a incorporarse al porvenir. Esa mirada unificadora de las divergencias que dibujan provincias en el mapa de los universales de las culturas -las ceremonias de paso, por ejemplo- me ayudó a ubicarme en el mundo y a sentirme -como dije- ciudadano sin credencial cívica pero con empatía plenaria por nuestra condición humana, a la vez desamparada y poderosa.

-¿Qué implica un abordaje antropológico del envejecimiento?
-Se puede responder desde muchos puntos de vista. En primer lugar desde el punto de vista de la etnología, la disciplina que compara culturas. La etnografía viene a ser un microscopio social, como decía Lévi-Strauss, y el telescopio es la etnología. Cuando se advierte, al comparar culturas, que el viejo tiene distintas posiciones en la sociedad comienza a trabajar en tu cabeza la maquinita del relativismo, en el más correcto de los sentidos. Por ejemplo, entre los esquimales los propios viejos saben que cuando llegan a una determinada edad constituyen una molestia y ellos mismos se aíslan, se quedan afuera del iglú, a la intemperie. Tienen una muerte dulce; el frío mata dulcemente, no es una muerte angustiosa. En otras culturas se lo ha reverenciado. Pensemos en el Néstor de la Ilíada, el anciano consejero Néstor, a quien todos recurrían para hacer una consulta de acuerdo con su sabia experiencia.

Recuerdo una lectura que hice de Jaspers, un filósofo alemán cristiano que criticaba cómo en su época, allá por 1940, los viejos en vez de usar ropa oscura y adoptar una actitud retraída, se ponían un tweed y aparecían en círculos juveniles. Hoy la juventud es un paradigma y nadie, cuando tiene medios para recurrir a ejercicios, regímenes alimenticios y cirugías plásticas, quiere envejecer.

-Existen culturas gerontocráticas y otras en las que al viejo se lo sacrifica, o en el mejor de los casos, se le relega y desdeña.
-Antes de domar el caballo, los comanches, los conocidos indígenas de las llanuras norteamericanas, se regían por un consejo de ancianos. Eran conservadores, temerosos y existía una especie de dinastía hereditaria. Cuando irrumpe el caballo y los jóvenes lo doman se transforman de tímidos en beligerantes. La hípica genera la épica. Los jóvenes desplazan a los viejos; se convierten en los grandes capitanes de las razias de a caballo, representan el cambio, la audacia de los fuertes. De tal modo se transformó la idiosincrasia y la estructura social de un pueblo al adoptar un elemento exótico. Cambia la cultura, cambian los valores. Y los viejos quedan arrumbados.

-En "Un vuelo chamánico"(2), usted escribió sus memorias sobre una experiencia de comunicación extraordinaria. Un viaje enteogénico, con el chamán mogol Chu-Ru, que por estos días también cumpliría 90 años.
-No te podría decir que aún vive, porque sentí hace algunos años una especie de ruptura muy sutil en el espíritu y la atribuí, temerariamente, a la secreta comunicación de su muerte. Me había dicho que cuando eso sucediera yo lo sabría. Advierto que no creo en cosas misteriosas. De la misma manera que se puede establecer comunicación por medios técnicos, aprovechando las energías del universo y las creadas por el hombre -pensemos en nuestra actual cibernética- es posible comunicarse de mente a mente. En Estados Unidos han entrenado gente para poder comunicarse telepáticamente con los que tripulan los satélites, ¿sabías eso? Entonces pienso en aquel pacto de espíritus con un hombre tan singular como era Chu-Ru. Él me dijo que íbamos a estar en contacto. No me extrañó su afirmación pues algo de eso sucedía en mi familia: cada vez que yo me enfermaba mi padre lo sabía, aunque estuviéramos lejos. En definitiva, había un nexo de mente a mente que se puede establecer sin ángeles, sin hadas, sin que intervenga ningún mecanismo celestial. Creo que pueden existir ese tipo de contactos y a raíz de este fenómeno sentí una especie de ruptura interna, como un aletazo negro, justamente, en el momento que me habían invitado los psicólogos a dar una conferencia sobre el conductor de mi viaje chamánico en Mongolia. Aquel estremecimiento, aquel mensaje que no pude descifrar pero que intuí, hace pensar que hubo una comunicación muy extraña, pero vívidamente experimentada. Algo dijo dentro mío que Chu-Ru había muerto.

Supuse que había existido, mediante la reminiscencia del tercer camino, una singular comunicación entre espíritus. ¿Por qué tercer camino? Acá va un intento de explicación. Los drogadictos criollos dicen en su jerga que hay sustancias que pegan para arriba, otras que pegan para abajo y otras que te cambian la cabeza. Las que pegan para arriba son los dinamógenos, la coca por ejemplo y bajando un poco el tono, el mate, el café. Las que pegan para abajo son la morfina y todas aquellas sustancias que te adormecen, que te sedan, que te calman. Y finalmente las que te cambian la cabeza son los alucinógenos que te permiten cambiar completamente el escenario y darte de narices con otra dimensión que conmueve, deleita y a veces horroriza. Se trata de "la realidad Otra" que desde muy antiguo el hombre conoció. En Shanidar, Irak, se encontraron restos de flores de varias especies alrededor de un fósil humano y una vez estudiando el polen se advirtió que provenía de plantas alucinógenas. Aclaro que se trataba de un enterramiento de neandertales, 60.000 años antes de la actualidad. En todos los grupos humanos que lo practican se advierte que el chamanismo está vinculado con prácticas alucinógenas personales o colectivas. En el caso de la ayahuasca o yajé por ejemplo, el grupo tribal entero, en determinados rituales, entraba en trance colectivo a través de esta planta. Desde muy temprano el hombre detectó que para evadirse de la dura realidad cotidiana existían sustancias alucinógenas en determinadas especies vegetales. Entraba en otros mundos y de alguna manera accedía a paraísos o infiernos, porque la salida de la alucinación provocada por la ayahuasca es tremenda. Se ha advertido en pruebas hechas en gente de distintas culturas que en el primer período, el beatífico, ves mariposas plateadas, cúpulas brillantes, ciudades esplendorosas, paisajes delicados y que en determinado momento se siente una especie de sacudida interna y te persiguen jaguares y anacondas, o sea feroces felinos y serpientes constrictoras. De ahí la aparición de las representaciones plásticas del jaguar en culturas indígenas que van desde México a los andes. El jaguar ha sido estudiado por el antropólogo Reichel-Dolmatoff, como un ser emblemático existente en aquellas pueblos indígenas que consumían alucinógenos.

-En ese ensayo planteó que continuará el tema en otra oportunidad. ¿Lo retomó posteriormente?
Como antropólogo viajero yo estuve en México ocho veces y, entre otras cosas de interés cultural y arqueológico, conocí de cerca los efectos del peyote y de ciertos hongos. El antropólogo que estudia las sustancias psicoactivas debe experimentar con ellas y no aficionarse. Una sola vez basta. Recuerdo el humilde y cariñoso tributo de un discípulo colombiano que antes de dejar mis clases en la Universidad Nacional se me apareció con un envoltorio: -"Profesor quiero hacerle un regalito antes de que usted se vaya de Colombia. Subí al Sumapaz, -aclaro que este es un páramo cercano a Bogotá de 4.000 metros de altura- y le traje estos hongos, cómaselos en una sopita y va a sentir una gran tranquilidad, una gran paz". Bueno, le hice honor a su regalo y los comí. Pero no hubo alucinaciones, fue algo muy suave, muy dulce, como si me sintiera envuelto en una especie de primavera perpetua, de música sin instrumentos; un instante de beatitud, de sonrisa medio bobalicona y de un dejarse estar en una corriente que te llevaba suavemente. No sé cuánto duró ese estado, tal vez no más de media hora. Lo recuerdo siempre.

Yo coquié siempre en Colombia, pero con la hoja. Una cosa es ser coquero y otra cocainómano. Coquié para subir a los páramos y no sentir los efectos de la altura. No se masca la coca, se ponen las hojitas entre los dientes y la mucosa de la mejilla. Se calea, o se utiliza una sustancia básica y entonces se produce la reacción química. La ecognina se convierte en cocaína y el hambre desaparece, se resiste el esfuerzo que demandan las grandes trepadas y no se siente frío. El mambeo, que así se le dice en Colombia al coqueo, también te pone a salvo del soroche o sea el apunamiento, el mal de las alturas.

-Una referencia clásica a la vejez en la poética rioplatense es el Viejo Vizcacha del Martín Fierro. Washington Benavides planteó que se trata del prototipo del "jodedor, acomodaticio, de esos que vemos transitar heroicamente por nuestro país con su consigna: "hacete amigo del juez"(3). Usted ha planteado en la nota "Por la vejez", que "en nuestro campo ganadero de antaño, el viejo narrador del fogón, el avechucho sentencioso que se las sabía todas era respetado y admirado por la comunidad de la estancia cimarrona"(4). Por otro lado un tópico común en la poética payadoril, es la referencia a los payadores precedentes, mayores, sean o no legendarios. ¿A qué obedece entonces, que Hernández lo haga a este viejo portavoz de consejos tan dudosos como "hacete amigo del juez"?
El Viejo Vizcacha era un personaje acomodaticio. "Me parece que lo veo/ con su poncho calamaco/ -después de echar un buen taco/ ansí principiaba a hablar/ nunca llegues a dentrar/ donde veás perro flaco-". "Hacete amigo del juez/ no le des de qué quejarse/ y cuando quiera enojarse/ vos te debés encoger/ pues siempre es bueno tener/ palenque ande ir a rascarse". Así está escrito en el Martín Fierro. Pero el avechucho sentencioso al que yo me refería resulta ser todo lo contrario: es la memoria del grupo, y, semejante al griot africano, cuenta la historia de los antepasados a los jóvenes, relata las hazañas de los hombres guapos, los "sucedidos" del pago, los episodios memorables de su propia vida. Donde no había ni diario, y ni que decir, porque aún no se habían inventado la radio y la televisión, donde la gente era analfabeta, los payadores y los narradores se encargaban de difundir noticias, de entretener a las ruedas domingueras en las pulperías y en los fogones. El geronte, el viejo narrador de la estancia, es la memoria del grupo, el historiador cimarrón, el consejero, el filósofo, el moralista. Claro que siempre hay viejos marrulleros en el campo como siempre hubo gente jodida, acomodaticia, hipócrita, semejante al camandulero Viejo Vizcacha, como sucede con todo el género humano.

-Usted abordó otro de los prejuicios que existen sobre la vejez y que es el del "viejo asexuado". Aquella persona que llegada a esa etapa del desarrollo vital, su entorno lo empieza a ver como alguien desprovisto de sexualidad y de deseo.
-Todo depende de la voluntad y coraje del espíritu, siempre que el cuerpo responda. Porque la sociedad actual, que encierra a la familia nuclear en pequeños apartamentos, no tiene lugar para los viejos. Y entonces el viejo debe quedar arrumbado, solitariamente, en las viejas casas donde nacieron los hijos. O confinados en morideros, ya los populares, ya los aristocráticos, pero morideros al fin y no "dorados ocasos" como los pinta la publicidad. Yo tengo muchos amigos muy queridos, de todas las edades y de algún modo los vampirizo, en el mejor sentido de la palabra. Eduardo Galeano me llama "el más joven de mis amigos". Porque cada vez que nos juntamos comprueba que no me ha abandonado la fuerza vital que tengo por dentro. Los griegos hablaban del entusiasmo, del daimon, del genio que nos posee y nos da fuerzas y esperanza. Creo en la vida. La ejercito. Y si crees en la vida, crees en todas las fuerzas que le dan sentido. Recordemos lo que decía el Dante: "L´amor che move il sole e le altre stelle". El amor debe estar perpetuamente presente; sea el amor carnal o el amor espiritual de amistad. O ambos juntos. Lord Byron escribió algo muy bello "la amistad es el amor pero sin sus alas". Yo procuro hacer de cada amigo un pájaro. Le pongo alas. Hay que saber tocar acordeones para llenar de música el alma y luchar contra la soledad, como lo hacía aquel personaje que recuerdan los versos cantados por Numa Moraes. Recuerdo la desdichada etapa final de vejez de Voltaire cuya sobrina, que en algún momento fuera también su amante, lo tenía recluido en la última piecita de su casa. Gritaba y gritaba el pobre Voltaire y nadie le hacía caso. No me quiero comparar con la grandeza y a la vez el terrible ocaso de aquel ilustrado humanista del Siglo de las Luces: me siento muy asistido por el cariño de mis amigos a los que correspondo, así reclamaba Guyau, "sin sanción ni obligación". Hay que estar "rodeau, rodeau", como el primer Pepe de la Patria Grande; el tercer gran Pepe, el que recoge su herencia cívica y civilizadora, también lo está. Aclaro que el segundo fue el Pepe Batlle. Qué terno, hermano: Artigas, Batlle, Mujica... Da gusto vivir y soñar en este país, cuya historia niega que sea un paisito -fijate que Portugal es la mitad del Uruguay, sin hablar de Suiza, Bélgica y Holanda- que es lindo también para morir en su regazo.

-Al recordar sus trabajos sobre Hesíodo o Tomás Berreta, el tango, el payador, los caballos o lo rural y lo urbano, o sus publicaciones actuales en coautoría con Anabella Loy, parece tratarse de un inventario de amores, del desarrollo de temas que lo han apasionado a lo largo de su vida.
-Yo he vivido a caballo de la pasión. Si no tuviera pasión, si no tuviera este fervor vital, ese entusiasmo, esta misión de ser y parecer un hombre cabal que me he impuesto día tras día, ya me habría muerto. Este ejercicio de voluntad y dignidad da fuerzas, me permite superar mis limitaciones, que como ser imperfecto las tengo. Ellas, sin embargo son un resorte que me permiten saltar hacia los proyecto de vida futura en esta tierra, aclaro, que todavía no me han abandonado. Cuando la llave de los años cierra la puerta de la esperanza, abren la ventana las manos del deber. Siempre la vida puede más.

Existe un tema que estoy investigando ahora, con mucho interés, porque en mis caminatas por el mundo he conocido muy de cerca los dogmas y los ritos de muchas religiones. Los conflictos actuales, en el cercano y medio oriente, con ser políticos, también tienen un trasfondo religioso muy profundo. El Islam, todos estos libros que están acá [señala una fila de cerca de 200 volúmenes] tratan sobre su desarrollo y proyecciones actuales. Pero no sólo he leído mucho sobre este credo plenario: he conocido a muchos musulmanes, he entrado en mezquitas, he escuchado encendidas voces recitando el Corán en muy lejanas tierras. Durante varios años de mi adolescencia y juventud estuve muy cerca de amigos musulmanes que me enseñaron mucho acerca de la umma, la comunidad de fieles, y la sharia, la ley islámica. Como te dije, me interesa enormemente el estudio de las religiones, y como las he interrogado a fondo, al cabo me convencieron que el ateísmo le sienta bien a todo espíritu racionalista: tan grandes son las contradicciones existentes entre ellas. Cuando dirigía el Departamento de Antropología de la Facultad de Humanidades dicté cursos sobre el hinduismo, el budismo, el judaísmo, las sectas, las religiones primitivas y las religiones comparadas. Una gran parte de mi biblioteca está dedicada al tema religioso. Mi posición a este respecto fue derivando desde el agnosticismo al ateísmo: no creo en la supervivencia del alma ni en el paraíso y el infierno. Ambos, aunque disminuidos, están instalados en la tierra, en nuestro hogar planetario. Las acciones humanas dan cuenta de esos extremos.

-Sin embargo, y esto es tan interesante como lo anterior, hace algún tiempo usted planteó su desamor intelectual hacia los pensadores post-estructuralistas.
-Tengo la impresión de que ellos jugaron a los dados, apostando contra la inteligencia de sus lectores, al remontarse a Nietzsche, a Foucault, a Lacan y a todos aquellos que renegaron de la razón de alguna manera. Hay páginas de Guattari y Deleuze, en Mil mesetas por ejemplo, que a veces me hacen pensar en dos grandes bromistas. Las he leído, las he padecido y transcribo algunas de sus frases ininteligibles sobre "el cuerpo sin órganos" en un artículo que publiqué el año pasado en la revista Relaciones. Si escribieron en serio, cosa que me cuesta creer, estaban absolutamente chalados o drogados. Lo que me asombra es que los citen, comenten y alaben. Cosas de la posmodernidad, quizá. Y hablando de pos o hipermodernidad, he leído todo Lipovetsky y casi todo Bauman, pero estos autores no son post-estructuralistas sino inteligentes intérpretes de nuestro tiempo. Lipovetsky, que escribe muy bien, me hace acordar a Vivaldi y ¿sabes por qué? Una vez un discípulo de Dallapiccola le preguntó: -"Maestro usted nunca nos ha alabado a Vivaldi y a su extraordinaria fecundidad, que lo llevó a componer seiscientos conciertos". El maestro músico respondió: "-No muchacho, hizo un solo concierto en su vida y las seiscientas que tú dices son simples variaciones de aquel". Lipovetsky es eso. Tiene mucha inteligencia y un léxico riquísimo, pero lo que dice una y otra vez en su vasta bibliografía, a mi juicio, cabe en 30 páginas.

-Usted es una figura de consulta en temas de derechos humanos. ¿En qué medida puede afirmarse que un derecho tenga validez para todas las culturas y -asimismo- para los diferentes grupos existentes en ellas?
-Fui nombrado por la UNESCO y por la Universidad miembro de la Cátedra de Derechos Humanos y en tal papel he hecho publicaciones e intervenido en actos públicos. Lamentablemente murió mi viejo amigo Gross Espiell que dinamizaba el grupo, integrado por distinguidos juristas y un solo antropólogo, es decir, yo, mi persona.

Me he planteado más de una vez lo que me preguntas. Si bien cada país soberano se rige por legislaciones internas hay algo inalienable que trasciende todas las culturas y es la declaración Universal de Derechos Humanos, aprobada por las Naciones Unidas en el año l948. A dichos derechos lo voy a defender a capa y espada, cueste lo que cueste. Están por encima de las legislaciones particulares. Destaco entre ellos los que proclaman que todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos, que todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona, que nadie será sometido a torturas ni a penas o tratos crueles, inhumanos o degradantes, que todos son iguales ante la ley y tienen protección ante toda discriminación, etc. Mi último artículo en el diario La República, fue sobre las lapidaciones practicadas en Irán a las mujeres adúlteras o violadas sin cuatro testigos que puedan certificar la denuncia por haber estado presentes en el acto de la violación. Lo cual resulta imposible dada la naturaleza de ese acto y la increíble pasividad de quienes lo hayan contemplado sin intervenir en defensa de la mujer vejada. Ello suscitó una tempestad de insultos vía internet y se trajo a colación el tema de Israel y el imperialismo que nada tiene que ver con las lapidaciones vigentes en muchos países islámicos.
El problema se plantea en otro terreno cuando se quiere homologar todas las culturas con los valores que rigen en Occidente. Los antropólogos comprendemos que ciertos usos y costumbres, ya internalizados por las sociedades humanas que
los practican, son legitimados por culturas diferentes a la nuestra. Sin embargo protestaré siempre cuando se vulnera la sacralidad del cuerpo. No me importa la circuncisión sino la ablación del clítoris y otras atrocidades realizadas con el sexo femenino en varios países africanos islamizados. Se elevan a 150 millones las mujeres así mutiladas.
De manera que vuelvo a la pregunta. Pienso que hay que respetar ciertos aspectos de las culturas particularistas. Pero por ejemplo, en el caso de la vejez, cuando los ancianos son condenados a las montañas de la muerte en Japón...

-¿Actualmente?
-No sabría decirlo con precisión. Yo pienso que siempre en las zonas rurales se conservan las viejas costumbres. Que es lo que sucede en Irán por ejemplo con las lapidaciones. Una lapidación urbana tiene un extraordinaria difusión en los medios de occidente, cuando se tiene noticias de ella, pero no se comentan las realizadas en zonas rurales.

De manera que lo que hay que preservar es el derecho a la vida. Pero el tema es el siguiente. Hoy por hoy en los centros urbanos se descuida al viejo: muchos quedan abandonados en sus casas, otros marchan al Piñeiro del Campo y las familias que tienen dinero los recluyen en las residenciales para ancianos. En el mundo rural existe una unidad familiar que trasciende las generaciones, o por lo menos existía, porque donde reina la miseria no puede haber previsión social, ni refugio, ni alimento a gente ociosa y enferma que, la palabra que diré es terrible, que molesta, que está demás.
En otro sentido puede comprobarse que actualmente en nuestra cultura el viejo ha sido desplazado por el imperio de la juventud. El mundo juvenil es el que da el tono. Las abuelas de hoy ya no se visten de negro ni se enclaustran a los 50 años: van al cirujano estético y entonces, gracias a la magia del cuchillo y los rellenos de siliconas y ahora de solución salina, de frente no parecen piezas de museo, mientras que vistas de atrás lucen como liceales. Los regímenes alimenticios y los ejercicios corporales ayudan a mantener la "eterna juventud".

 


De yapa
-Nací en Paysandú en el seno de dos familias dominadas por la cosmovisión vasca del mundo y de la vida. Mi abuelo materno tenía por apellido Baratçabal, que quiere decir huerto amplio. Vidart, significa entre caminos. Desde muy temprano la impronta cultural de los vascos de Iparralde -ipar significa viento norte y alde del lado de- ejerció una gran influencia en mi forma de ser como hombre y de ver el mundo como habitante de la parcela sanducera. Ambos abuelos ejercieron una profunda influencia en mi niñez. Tanto el paterno que era muy católico, como el materno, que era totalmente descreído, fueron los artífices de lo que yo llamo "conciencia de la conciencia de las cosas". Mi abuelo materno me habló en euskera hasta los 17 años, edad en la que murió en mis brazos y le cerré los ojos. Las abuelas eran otra cosa, me hacían ricas comidas, me enseñaron a cuidar las plantas, me regalaban trajecitos infantiles. Los recuerdo con dulzura, con agradecimiento. Escribí un poema para honrar la memoria de aquellos abuelitos ¿quieres que te lo regale?

 

Los abuelos.

Vigilia y soledad, yo los convoco,
tiernos fantasmas de una estirpe honesta;
osario familiar, mortuoria siesta
que el recuerdo despierta poco a poco.

Don Loreto, Don Pedro Margarito,
Memoriosos patriarcas sanduceros,
Expertos en tabacos, en luceros,
pueblerino saber, si no erudito.

Uno en fósiles, ágatas y sellos,
Biblias, Quijotes, leyes, teología,
otro en mapas y arcaica geografía
aplacaban sus ocios en aquellos

días iguales junto al río en brasas
al pie de la ciudad casi cegada
por la luz del verano, ensimismada
en la fresca marsupia de las casas.

Pude Loreto apenas disfrutarte
pero en tus libros acaricié tus manos:
el Poema del Cid y los romanos
al gusto de Duruy, lisonja y arte.

Tuyo es también, de algún lado proviene,
aquel Dios salvador que nos advierte
que tras la arquitectura de la muerte
hay un acá que en más allá deviene.

De ti, Don Pedro, en cambio, guardo mucho,
juntos al Gobi platicando fuimos,
los gigantes de Pascua descubrimos
en las horas aquellas, cuando el pucho

de tu cigarro criollo trascendía,
pestilente luciérnaga encantada,
atravesando noche y madrugada,
la pasión de tu humeante fantasía.

Una abuelita en dulces hacendosa,
hada volando entre durazno e higo,
institutriz de flores, el postigo
abierto hacia el jardín, perpetua rosa.

Diligente, mi rubia Alejandrina,
membrillos me pedías, caracoles,
para colmar tus mágicos peroles,
tus cazuelas de barro. Y así, fina,

prodigiosa, en silencio cocinabas,
rodeada por abejas, sin hastío,
islas de azúcar cuyo hirviente río
en potes transparentes sosegabas.

Qué almíbares de oro derramado,
qué guisos de perdiz; ajo y tomillo
santiguaban tus rezos, y tu anillo
era el ojo redondo de un pescado.

La otra abuela pequeña, tan pequeña,
que en su nombre, tan breve, bien cabía;
de tu pezón pendió, Doña María
una tribu de bocas, lumbre y leña

de tus hijos frecuentes y los hijos
de las vecinas secas, de solteras
que del amor furtivas pasajeras
te miraban con grandes ojos fijos.

¿Fueron veinte, treinta? Sin fatigas
levantabas la prole numerosa,
indiecita de leche caudalosa,
biznieta nada menos que de Artigas.

Eras María, casi de la altura
de una tinaja; leve y atezada
te veo mordisqueando una granada,
de aborigen maíz tu dentadura,

de ala de tordo tu cabello lacio,
de ñandutí el primor de tu pechera,
de terciopelo antiguo tu pollera,
de pitanga tu aureola en el espacio.

Conmigo van queridas sombras puras
y abuelo ya, dolido y sin aliño,
a los cuatro les pido ser un niño
en el hueco de un tiempo sin premuras.

Vuelvo al naranjo aquel por mi plantado,
a la uva azul, a la profunda higuera,
a la alta, detenida primavera,
de un muro por el sol condecorado.

Vuelvo al río Uruguay y su bestiario,
a las islas, botánicas delicias,
a mi loro, folclore de malicias,
insultando sin ley al vecindario.

Vuelvo y no vuelvo, rehén del desconsuelo,
equivoco el andar, descuido el tino;
pienso en ti, nieto mío, y me empecino
en volver a ser nieto siendo abuelo.

Caracas, madrugada del l8 de octubre del año 1978
Del libro inédito Elegía Caraqueña.
 

 

1 Vidart, Daniel Por la Vejez. Revista Relaciones. Montevideo. Agosto, 2007. pp. 10-12
2 Vidart, Daniel Un vuelo chamánico. En: Coca. Cocales y coqueros en América andina. Yoea. 1994
3 Techeira, Diego La voz y el conjuro. Washington Benavides y su obra. Solazul ediciones. Salto, 2010, p. 23.
4 Vidart, Daniel Por la Vejez. Revista Relaciones. Montevideo. Agosto, 2007. pp. 10-12
 

 

 

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